martes, junio 01, 2010

Concepto del carácter castellano (Luis carretero Nieva 1917)

Concepto del carácter castellano

Mucho se está hablando a todas horas en España acerca del carácter castellano; pero los juicios que de él se for­man, los que mayor aceptación han tenido entre los extraños a Castilla la Vieja, españoles o no, se diferencian to­talmente de aquellos que nosotros hemos tratado de exponer en el capítulo de este libro, dedicado al estudio de nuestro pueblo, porque nos hemos encontrado siempre con la misma confusión, con idéntica manía generalizadora; siendo de notar que uno de los que incurren coro más poca fortuna en tan funesto afán, es precisamente el escritor catalán, el mismo que considera como defecto fundamental del carác­ter castellano la misma obsesión generalizadora que domi­naba su pluma para encerrar al carácter regional de Casti­lla la Vieja en una agrupación de pueblos, suponiendo equivocadamente que nuestra región participaba del carác­ter que Almirall considera común a toda ella.

Nosotros vamos a aludir al concepto que Almirall se ,formó acerca del carácter castellano, refiriéndonos a dos ejemplos que escoge, pues aun cuando ese concepto no concuerde con las condiciones de nuestro pueblo, hay que tener en cuenta que es un fiel reflejo de la opinión más ge­neralizada sobre el asunto y al reproducir el criterio de Almirall, copiarnos lo que es la opinión que sobre nuestro carácter profesan la mayor parte de los extraños.

Hemos de comenzar por concretar cuál es la agrupación le pueblos, que participa de lo que Almirall considera ca­rácter típico castellano y con ello podemos ya anticipar uno le los fundamentos de su error. Para Valentin Almirall, dentro de la nación peninsular española, hay dos pueblos muy distintos, o mejor dicho, agrupaciones de pueblos: las que él llama norte oriental, en la que incluye a Cataluña y a central meridional, en la que coloca a Castilla la Vieja. Creemos muy sinceramente que es necesario hacer más divisiones que esa tan sencilla de Almirall; pero aun supo­niendo que sólo se divida a España en dos grupos, no vemos por qué se ha de llamar centro meridional a la parte que comprende a nuestra región, cuando su territorio está situado en la mitad norte, sin tocar para nada al mediodía, terminando en cuanto llega al centro, pues en Castilla la Vieja sólo pueden llamarse tierras centrales, con relación a España, las que formaron la. llamada Extremadura castellana por estar en los comienzos de la zona central; es decir, que nuestra región es propiamente norteña y sólo central en una prolongación de su territorio, en un brazo del mismo. Por otra parte, en esa porción de suelo español que Almirall llama centro meridional, están comprendidas precisamente las regiones más septentrionales de nuestra penínsul­a, Como Asturias y Galicia. El error principal de Almirall se basa precisamente en considerar como centro típico de toda esa agrupación a las dos Castillas, pues una de ellas, a Vieja, es precisamente la que más se diferencia por su carácter de todas las demás del grupo. En todo ese territorio lo que Almirall cree poblado por gentes del mismo carác­ter, hay que señalar dos grupos de regiones cota elementos típicos que hará podido influir en los demás; a más de estar dotadas de fisonomías propias estas dos agrupaciones, son los pueblos celtas Galicia, Asturias y León con grandes analogías con Portugal y los pueblos meridionales que sobre una base libio-tartesia tienen una gran mezcla árabe; es decir, que en esos dos grandes núcleos habría que bus­car la esencia de! carácter del conjunto, pero no en Castilla la Vieja que se diferencia de ellos y que se asemeja, en cambio, al pueblo aragonés y otros que Almirall incluye en el mismo grupo que Cataluña. Como se ve, el carácter que Almirall llama castellano, no es precisamente, ni mucho menos, el de Castilla la Vieja.

El caso de Castilla la Nueva es otro muy distinto. Cas­tilla la Nueva es país que, puede considerarse corno una síntesis de los Estados del norte occidental que le dieron vida; debe su origen no precisamente a las conquistas cas­tellanas, sino a las hechas por Castilla en consorcio con León, Asturias y Galicia, siendo lógico pensar que en su formación haya tenido más parte el grupo de los más y de los de más poder que el de la minoría, que en este caso es Castilla la Vieja. Así es que Almirall acierta al escoger como tipo un personaje, cual D. Quijote nacido en Castilla la Nueva, en el crisol donde se juntaron todos los compo­nentes, dando un conjunto, en el que más que los caracte­res castellanos resplandecen los de las naciones leonesas. Acaso acierte Almirall al escoger al personaje de Cervantes Saavedra como símbolo representativo de este grupo; en su conjunto, salvo la excepción de Castilla la Vieja, pudien­do ser aquel hombre desinteresado, generoso, amigo de las buenas formas, perseguidor constante de idealismos y abstracciones, como tal vez lo fueran los guerreros leone­ses, que llevaron a la granadina torre de la Vela la asturia­na cruz enarbolada con la espada en Covadonga; pero aquellos castellanos, que ponían todas sus ilusiones en sus municipios y sus ganaderías, más tenían del positivista Sancho, parco en plebeyas aspiraciones aldeanas, que del hidalgo espejo de la Caballería.

Valentin Almirall quiere acabar de expresar las modalidades de ese singular carácter lleno de hermosura y de grandeza que admirarnos, pero que no consideramos como castellano viejo; analizando la grandiosa epopeya del des­cubrimiento de América, la más sublime de las que registra la historia, la que ningún pueblo ni ninguna raza del mundo puede poner en sus ejecutorias. Pero nosotros, esclavos de lo que creemos la verdad, deseando conocer a nuestro pue­blo tal como es, sin procurarle más laureles que los que haya ganado y sin censurarle por más vicios que los que posea, debemos de decir que el papel de Castilla la Vieja en tan grandiosa empresa, no fue sino muy secundario. Dentro de ,la confederación de naciones que constituía los Estados de León y Castilla, ninguna de ellas tuvo menos intervención que la vieja Castilla, pues su reina tanto era castellana como leonesa o asturiana por abolengo y signifi­cación. Los hombres que a aquella empresa se consagraron fueron extremeños, andaluces, vascos, gallegos, de todas partes de los reinos agregados; pero de Castilla la Vieja apenas aparecen en la epopeya hombres corno Diego Velázquez y Juan de la Cosa, llevado, más que nada, por su profesión de piloto. Si, como dice Almirall, la magnifica epopeya de América es muestra suficiente para conocer el carácter de un pueblo y si ese carácter se aviene admirable­mente con los pueblas compañeros de agregación del nues­tro, hay que confesar que por la escasa intervención que en la arriesgada empresa tomaron los naturales de Castilla la Vieja cuando la tenían a su alcance; es indiscutible que su temperamento no les. inclinaba por ese lado y que mientras otros españoles soñaban con alcanzar la fama y las rique­zas en las conquistas indias, los castellanos cuidaban a sus rebaños en sus sierras y labraban paños en las fábricas de ,Segovia, Burgos y Carneros. En los reinos de la herencia de Isabel eran los castellanos lo que los catalanes fueron en los de la moderna España, y solamente al fin de la epopeya, cuando todas las regiones españolas habían mandado sus hijos a la aventura americana, fue cuando los castella­nos- viejos comenzaron a ser emigrantes.

Si por un temperamento idealista fueron los reinos agre­gados a Castilla, a la grandiosísima e incomparable empre­sa americana, ya hemos dicho que ese temperamento idea­lista con sus virtudes y sus vicios, así como las glorias conquistadas que nadie regatea ni disputa, corresponden a los pueblos compañeros de Castilla más que a. Castilla la Vieja, que casi no tomó parte en la epopeya en la que tanto empelo, tanta aportación de hombres y energías, tanta ab­negación y tanto valor pusieron los reinos compañeros del de Castilla; prueba plenísima de que el carácter castellano neto no compartía del idealismo, afán de abstracciones y de grandiosa generalización que animó a los descubridores y que eran condiciones de esos caracteres de los pueblos agregados al de Castilla que los escritores catalanes y hasta las de alguno de esos pueblos agregados a quienes verda­deramente corresponden esas condiciones, toman por pertenecientes al carácter castellano.Es igualmente ajena a la manera de ,ser de los castella­nos viejos, aquella otra condición que los catalanes han querido descubrir en el carácter castellano al hacer el estu­dio del grandiosísimo episodio americano, por la que consi­deran al carácter de Castilla apasionado por el predominio y la absorción, olvidando que los conquistadores americanos no son ejemplo aplicable a Castilla, pues no fue de nuestra región de donde salieron aquellas grandes figuras de la exploración y de la conquista; Hernán Cortés, Almagro y Pízarro eran extremeños, como extremeños era también Ore­llana, y de otras regiones distintas de la de Castilla la Vieja eran naturales los que se distinguieron en la ardua acción americana. Castilla, si cooperó como todos los reinos que fueron sus compañeros, no tuvo papel primordial ni pudo llevar su espíritu, porque la dirección, ni salió de Castilla .sino del poder que la gobernaba ni estaba en manos de castellanos. La conquista de los países americanos no de­muestra ni prueba que Castilla gozase de predominio ni que absorbiese a los demás pueblos que se regían por su mismo cetro. Más bien puede demostrar que era el espíritu de esas otros pueblos, el que por medio de sus grandes hombres se impuso en el conjunto, en el que Castilla no desempeñaba otro papel, sino el de mero acompañante, sin predicamento sobre los restanfes pueblos compañeros de agregación política.

Otra propiedad que los catalanes y con ellos muchos españoles atribuyen al carácter castellano, es la de enamo­rarse de las bellas formas y pretenden encontrar la prueba en él lenguaje. Aparte de que el lenguaje llamado castellano no es obra exclusiva de Castilla, y por consiguiente, no pretende ser expresión de la manera de ser genuina castellana desde el momento en que en su gestación influyeron ele­mentos -completamente extraños al país castellano; aparte de que en la formación del idioma intervinieron muy eficaz­mente todos los pueblos agregados a Castilla incluso aque­llos que tienen un dialecto propio, debemos de decir que Castilla no se ha distinguido jamás por el cultivo de las buenas formas en la expresión. Los grandes oradores, los grandes poetas que utilizaron como instrumento el idioma llamado castellano, no fueron tampoco producto del pueblo de nuestra región; en Castilla la Vieja nacieron hombres corno- Andrés Laguna en el pasado y Menéndez y Pelayo en el presente; aficionados a perseguir las ideas con el ase­dio del estudio, pero poco propicios a producir aquellos bellísimos, sugestivos párrafos de un Castelar o un Donoso Cortés, ni aun siquiera los que actualmente salen de labios de nuestros oradores del día, asturianos, gaIlegos o anda­luces, porque el pueblo mismo de Castilla la Vieja habla con una sencillez que dista mucho de aquella pintoresca de­coración que dan al lenguaje las fecundas imaginaciones de otros pueblos de la península que usan su mismo idioma.

Ese adorno de la palabra que los catalanes quieren ver en el pueblo castellano no dejaría de ser un acto de culto a la belleza y desgraciadamente tal vez no van por ese camino las inclinaciones de nuestra gente; corno que Unamuno dice que los catalanes y con ellos los levantinos y meridionales sienten la vida pública y privada de un modo muy distinto de como la sentirnos los castellanos y los vascos. A nosotros, según Unamuno, el catalán tiene que aparecérsenos teatral, espectoculoso, complaciéndose en el espectáculo como tal espectáculo. El mundo mismo es un espectáculo para él; es mucho más artista que poeta y en el fondo de todo ello, Unarnuno no encuentra más que estética cuando dice: “ Y en la vida pública de esos hombres de foro, de ágora, de plaza pública, se revela su fondo. Tienen un aniversario,tienen un .himno, tienen una bandera; ¿para qué más?” Es gracioso que los catalanes nos llamen a los castellanos apasionados por la forma, cuando ellos lo son en altísimo grado y nosotros casi la despreciamos. Por esto mismo, el catalán tiene unos lazos con los meridionales que tampoco tenemos los castellanos, completamente opuestos en este sentido a la gente meridional, mientras que los catalanes. están unidos a ella por esa manera de ver la vida tan bella­mente; lo están por el influjo de su clima plácido, exento de las durezas de los del norte; lo están por su latinismo y su helenismo subsistentes en aquella tierra a través de los si­glos, y hasta lo están por su situación costeña en el Medi­terráneo, en él clásico mar del sur de Europa.

Luís Carretero Nieva
El regionalismo castellano
Segovia 1917
Pp. 227-233